Para un surfista –no utilizo la expresión surfero porque me dan arcadas- el camino a la playa es algo tan sagrado como el camino a la misa del domingo para mi abuela, la peregrinación a la ermita del Rocío para un rociero o el camino al bar para David Hasselhoff. Un trayecto en el que sólo llevas una cosa en mente, algo que tira de ti y que te atrae con la misma fuerza con la que un buen cotilleo atrae a Lidia Lozano. Un trayecto que se puede recorrer de muchas formas y en el que casi siempre hacemos lo mismo.

 

  • Si vas andado. Si vives cerca de la playa, ir andando a surfear es una buena opción siempre que haya un baño mediocre y no tengas prisa. Si por el contrario hay un baño perfecto, el camino se te hará tan largo que parecerá que estés en una de esas pesadillas en las que el malo corre a toda hostia y tú tan lento como una vieja con artrosis. Si tu paseo a la playa discurre pegado al mar y vas viendo caer olas perfectas, es mejor que nadie se fije en tus andares porque podrían parecerse demasiado a los de Lina Morgan. Empezarás a andar cada vez más deprisa, alternando pequeños trotes con vueltas a la calma cundo te cruzas con alguien para no parecer un jodido pony. Según te vas acercando, la ansiedad va en aumento y a la gente que te encuentras en tu camino se le empieza a poner cara de cono, momento en el que te ves obligado a hacer un slalom a lo Blanca Fernández Ochoa en sus años mozos. Son momentos tensos en los que parece que todos los jubilados, abuelitas, cojos, madres con carritos y gente que anda lenta porque sí deciden unirse por una causa común, joderte el baño. Finalmente, el qué dirán te importará una mierda y llegarás a la playa corriendo tanto como Forrest Gump harto de EPO.

 

  • Si vas solo en tu coche. Abrir el coche, abatir el asiento y meter la tabla es algo que tienes tan mecanizado que incluso lo podrías hacer con los ojos cerrados y con una cuchara en la boca sosteniendo un huevo. A partir de que estás dentro del coche, tu tipo de conducción va a depender de las condiciones del mar. Si las olas son buenas, el espíritu de Steve McQueen en “Bullit” te poseerá  y conducirás por tu pueblo como si una banda de gángsters te persiguiese. Los stops se convertirán en cedas, los cedas en “usted tiene la prioridad”, los semáforos ámbar en un precioso verde esperanza muy intenso y los pasos de peatones en algo tan peligroso para los viandantes como lo sería cruzar un río infestado de cocodrilos para una pobre manada de ñues. Por otro lado, si las olas no son gran cosa, conducirás más tranquilo, pero entonces querrás poner algo de música para motivarte; algo como Mayhem si tienes en mente destrozar la ola, Tame Impala si quieres hacer giros progresivos o “Como una ola” de Rocío Jurado si lo que quieres es surfear con sentimiento.

 

  • Si vas en coche con los colegas. Aquí la música la pone el que conduce, salvo que al tipo le gusten Los 40 Principales, caso en el que, tras pegarle una merecida paliza, el resto de colegas decidirá qué música poner. Lo mejor de esta forma de ir a la playa es cómo te vas picando con los amigos y cómo te crees mejor surfista de lo que eres, sin caer en la cuenta de que cuando estéis en el agua, tus amigos se van a reír muy fuerte de ti. Suelen oírse frases como “Joder, ¿habéis visto el último vídeo de John John Florence? Lo puse a cámara lenta y creo que ya sé cómo hace esos aéreos, veréis hoy” o “Hoy voy a surfear tranquilo pero con estilo, tío, rollo Machado en Drifter”. Por otro lado, lo peor de esta forma de ir a la playa es aguantar el aliento mañanero de tus colegas, los pedos de la fabada del día anterior y ver cómo se sacan los primeros mocos del día mientras los tiran sin que nadie se dé cuenta –eso creen- en la alfombrilla del viejo Citröen de tu colega.

 

  • Si vas en transporte público. Si algún día te ves tan tirado como uno de esos perros del anuncio “Ellos nuca lo harían” porque no tienes coche para ir a la playa y hacer autostop te da miedo porque viste un reportaje sobre autostopistas muertos en Cuarto Milenio, la única opción que te queda es ir a la playa en bus. Y eso, amigo mío, es muy jodido. La primera gran prueba que debes pasar es el chófer. Es el equivalente a “Sólo el penitente pasará” de “Indiana Jones y la última cruzada”. Hay que tener fe. Por eso, cuando estás en la parada, tus únicos pensamientos se centran en que el conductor sea un tipo simpático, enrollado, que entienda tus problemas y que no te ponga ninguna pega cuando vayas a subir a su autobús con la tabla, la mochila y el resto de bártulos. Cuando llega el bus, dejas pasar a todas esas viejas para ganarte la simpatía del público, subes la mirada al asiento del conductor y ¡zas! ahí está tu peor pesadilla. El señor no ha escuchado tus plegarias y te toca ese chófer cincuentón, con sobrepeso, aliento a anís, lamparones de bollo relleno de crema en la camisa y esos ojos inyectados en sangre por la falta de sueño que provoca un hijo adolescente que no quiere estudiar. Unos ojos que una milésima de segundo después de mirarte a la cara, se clavan en tu tabla, se cierran lentamente y vuelven a tu cara con un NO que hasta el mismísimo Stevie Wonder podría ver. Como estoy escribiendo yo, pongamos, sólo por esta vez, que el chófer, en un acto de solidaridad sin nada que envidiar a aquel “0’7 YA”, te deja subir. Aquí empieza la segunda gran prueba, atravesar el pasillo del autobús sin rebanar ninguna cabeza con la tabla y aguantar estoicamente comentarios como “menos olas y más trabajar”, “¿dónde va con la tabla si hoy no hace viento?”, “con el frío que hace, la juventud está loca…” o sonidos del tipo “Fuf”,  “Pff” o “Grr”. Si por casualidad consigues llegar al final del autobús y encontrar un rincón donde acomodarte, sólo tendrás que rezar para que nadie se siente a tu lado y empiece a hacerte preguntas intentando saber por qué surfeas, a qué playas vas y, una vez más, por qué vas hoy si no hay viento.

 

Como ya sabéis, formas de ir a la playa hay muchas, pero sólo hay una manera de volver: tan feliz, despreocupado y amigable como David Hasselhoff al salir del bar.

Os dejo con estas fotos de mi camino a la playa. Un día de esos que iba tranquilo, andando al ritmo que marcaban las viejas.

 

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